
Hasta ese momento todas las decisiones que en otras circunstancias le hubiesen correspondido a Tomás, habían sido tomadas por eso que algunos llaman el sentido común en estrecha colaboración con su suegra. Él se había limitado a seguir el desarrollo de los acontecimientos resignado y en silencio. Sin embargo, llega un momento en el que todos debemos trazar una línea que delimite nuestra dignidad. Tomás la trazó en el departamento de televisores de una tienda de la cadena Expert, mientras contemplaba un Philips de 28 pulgadas con pantalla de plasma marcado con un precio de 1.890 euros.
- Con tu sueldo no os lo podéis permitir - aseguró su suegra con suficiencia.
- Entonces esperaremos hasta que podamos - replicó él sin apartar la vista del aparato.
Durante los dos años siguientes la vida de Tomás tuvo dos bandas sonoras: por un lado el estruendo de las imprentas y por otro los lloros, gritos y reproches que escuchaba cuando llegaba a casa. Nunca consiguió acostumbrarse a ninguna de las dos, como tampoco fué capaz de apreciar el atrezzo formado por resmas de papel, garrafas de tinta, pañales manchados, papillas grumosas y biberones calientes. Disfrutó de algunos momentos de alivio como los quince días que pasaban todos los veranos en un pequeño apartamento alquilado en Torrevieja, o unas cuantas sesiones dedicadas a la práctica del sexo; pocas por si las moscas y, por supuesto, ninguna desenfrenada.
Por una cuestión de principios, Tomás se negó a pasar ni un solo minuto frente al viejo televisor de 14 pulgadas regalo de sus suegros. Desde que Pepa lo instaló en el salón, aquel aparato se convirtió en un símbolo de la intromisión de su familia política y en un desafío para su integridad. Ayudado por su colección de cds de pop de los años sesenta y por un pequeño aparato de radio que tenía en su mesilla de noche creyó descubrir que el carácter de las personas es mucho mas moldeable de lo que cree la mayoría. Él moldeó el suyo o se hizo la ilusión de que lo moldeaba a lo largo de casi dos años.
Un jueves, a principios de Octubre, mientras revisaba el saldo de su cuenta en un cajero automático, Tomás se dio cuenta de que ya disponía del dinero suficiente para comprar el televisor de plasma. Fué entonces cuando tuvo la premonición de que algo iba a cambiar. Se quedó un par de minutos de pie, ensimismado, hasta que se le durmió la pierna derecha y volvió en sí.
El Sábado por la mañana Tomás salió de casa en cuanto terminó de desyunar. Le dijo a Pepa que iba a dar un paseo y caminó varias manzana hasta la tienda Expert. En la sección de televisores, un vendedor le detalló las características de los diferentes modelos antes de que Tomás se decidiese por un JVC de 28 pulgadas de color plateado que encajaba en su presupuesto. Mientras esperaba a que el vendedor regresase del almacén, se fijó en un niño de unos ocho años bastante feo que caminaba agarrado de la mano de una mujer madura y poco agraciada. De repente la mujer, en un arrebato de amor materno, levantó en brazos al crío y le acarició tiernamente la cara mientras le decía lo guapo que era. Aquello sorprendió a Tomás, pero lo que verdaderamente le desconcertó fue que la mujer parecía sincera. Llegó a la conclusión de que no existen las verdades incuestionables y tomó nota mentalmente por si aquél descubrimiento pudiera servirle de algo en el futuro.
Esa misma noche Tomás empezó a disfrutar de su anhelada adquisición y lo hizo a conciencia. Todos los días al llegar del trabajo, se sentaba frente al televisor, empuñaba el mando a distancia y recorría todos los canales persiguiendo películas o eventos deportivos que pudiesen interesarle.
Pocos días después Tomás se levantó de la cama y se sintió equilibrado. Era un sensación completamente nueva y no le resultó agradable; prefería sentirse mas decantado, ya fuese hacia la alegría, el cabreo o incluso el desánimo. Mientras se duchaba se le ocurrió que solo con películas y partidos de fútbol o baloncesto no amortizaba el precio del televisor. Empleó los días siguientes en estudiar a fondo el Teleprograma, pero se extravió en un laberinto de telediarios, concursos, debates y programas del corazón.
Tanto el desaliento como el desconcierto eran estados de ánimo desconocidos para Tomás y solo pudo encontrar algo de alivio en la protesta. Sentado frente al televisor en compañía de Pepa, empezó a despotricar noche tras noche contra la ínfima calidad de la programación televisiva.
- Si tanto te disgusta ¿por qué no lo apagas? - le dijo Pepa una noche, harta de tanta protesta.
- ¿Apagarlo? - contestó él sin apartar los ojos de la pantalla - ¿Con el dineral que me ha costado? Pienso tragarme toda la mierda que pongan.
Y eso fué lo que hizo.
Poco a poco la insatisfacción ganó terreno y cuando el insomnio hizo acto de presencia, el asunto se convirtió en un círculo vicioso. Por las noches, después de un buen rato dando vueltas en la cama, Tomás se levantaba, se sentaba frente al televisor y pasaba las horas entre telefilmes infumables y ofertas interminables de sierras eléctricas y edredones escandinavos.
Empezaron entonces los reproches de Pepa, cada vez mas frecuentes, el tono de voz mas alto. A Tomás, por el contrario, le llegaban cada vez mas lejanos hasta que terminaron por hacerse completamente inaudibles. Tres semanas después, Pepa y él hablaban idiomas distintos y vivían a kilómetros de distancia el uno del otro.
Ella no tardó en mudarse a casa de su madre. Se marchó un Martes por la mañana, sin avisar, con Paula en sus brazos. Esa misma tarde, antes de que Tomás volviese del trabajo, un camión de mudanzas se detuvo frente al portal de su casa. Se apearon dos hombres vestidos con monos azules y se llevaron varias maletas con ropa y los electrodomésticos de la familia Requena, algunos todavía sin terminar de pagar. Todos excepto uno: el televisor de plasma.
Esta vez la decisión corrió por cuenta de su suegra y probablemente ni siquiera necesitó consultarlo con el sentido común.
Tomás llegó a casa a las nueve y media. Entró por la puerta de la cocina y encontró vacíos los espacios que hasta entonces habían estado ocupados por el frigorífico, el lavavajillas, la lavadora y el horno microondas. Lo primero que pensó fué que les habían robado y con esa idea cruzó la cocina. Nada mas entrar en el salón descubrió el televisor y supo lo que había pasado. Miró fijamente al aparato y éste le devolvió la mirada. Fué una mirada neutra, sin reproches.
La primera noche que pasó solo en su casa, Tomás encargó una pizza para cenar y se la comió frente al televisor apagado. Se acostó temprano y desde su cama oyó el sonido lejano de un tren. Pese a llevar casi tres años viviendo allí, era la primera vez que lo escuchaba. Minutos después se quedó profundamente dormido.
A la mañana siguiente Tomás vio reflejada en el espejo del lavabo la imagen de un hombre al que no recordaba haber visto antes. Camino del trabajo se fijó con atención en el paisaje que le rodeaba. Los edificios, las tiendas cerradas, los buzones, las papeleras y las farolas eran los mismos de siempre. Nada había cambiado a su alrededor y sin embargo, se sintió bien ubicado, como una pieza de un puzzle perfectamente encajada. Al recordar su premonición meses atrás en el cajero automático, vio un círculo que se había cerrado. Sin dejar de caminar, intentó decidir que sería mas conveniente comprar: un reproductor de dvds o un nuevo frigorífico. Lo sometió a votación y salió un empate, pero no se preocupó. Tenía mucho tiempo por delante.
Era una mañan de invierno y ni siquiera había amanecido. A través de los cristales de la tienda Expert, Tomás observó a dos empleadas de la limpieza afanadas en su trabajo.
3 comentarios:
Por fin tu nuevo relato que esperábamos ansiosos los incondicionales de este blog. Me han encantado las enumeraciones tipo sintonía del boletín de noticias de RNE, el atrezzo en trabajo y casa, la pierna dormida, la sinceridad de la madre, el extravío por el teleprograma, los edredones escandinavos, el tren nunca escuchado, el apellido Requena, y por supuesto el edificante papel de la suegra. Y además de todo esto también permite reflexión!
Hola Saimon, muchas gracias por tu comentario. Dice John Gardner en El Arte de la Ficción que los detalles son importantes a la hora de hacer creible una situación o un personaje. En el caso del amigo Requena no solo ayudan a hacerlo creíble sino que además ilustran su carácter, o eso creo. Gracias otra vez por tus ánimos.
Señor Anarquista, ¿ha regresado ya de sus vacaciones? Tengo para usted una entrevista con Borau, por si la quieres publicar en tu salón...
Habrá que vernos para regresar a la tormenta de ideas, ¿no?
Sigo anclado en el hueco...
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