miércoles, 22 de octubre de 2008
Entradas de Cine de Medardo Fraile
Dice Medardo en uno de los artículos (el dedicado a Hemingway) incluidos en éste libro que hay dos tipos de escritores: el que busca o anda a la caza de temas y el que es cazado por ellos. Cualquiera que haya leído sus cuentos sabe sin lugar a dudas que él pertenece al segundo grupo y el hecho de que confiese en el prólogo que los temas esenciales de estos artículos le fueron propuestos por Garci y Cobos no le resta ni un ápice de valor a mi afirmación.
Me explico: si le propones un tema a un escritor como Medardo lo inevitable es que su enorme personalidad y su mirada tan personal terminen por apoderarse del tema en cuestión haciéndolo suyo. Y eso es precisamente lo que sucede con éstas Entrada de Cine en las que los temas puramente cinematográficos terminan en muchos casos atravesados por las experiencias personales del autor. Sucede en el artículo Memorias Tangenciales un impagable homenaje a Fernando Fernán- Gómez en el que termina pidiéndole perdón por un incidente acaecido hace mas de cuarenta años, y en el que lleva por título Del Volver y el Empezar una emotiva crónica de los recuerdos personales provocados por la película de Garci ganadora del Oscar.
Hay reseñas a fondo escritas desde la butaca de un cinéfilo y no desde la máquina de escribir de un crítico de cine (lo cual es de agradecer) como la de Ordet el clásico de Carl T. Dreyer, la de El Abuelo de José Luis Garci o la de la novela Cinematógrafo de Andrés Carranque de Ríos, junto a un recorrido apasionante por varios títulos emblemáticos del free cinema inglés o por las tres últimas películas de Buñuel.
Encontramos también semblanzas apasionantes como las de Orson Welles, Jane Fonda, Ernest Hemingway, Frank Sinatra y Raymond Chandler y lúcidas reflexiones a pie de vida sobre el beso, el cigarrillo y la copa, el villancico popular White Christmas y las chisteras. Y como propina final dos relatos Ojos Inquietos y Retorno a lo Intangible (magnífico el primero) con el cine como tema de fondo.
Leyendo Entradas de Cine tiene uno la impresión de que Medardo Fraile pertenece a la misma estirpe que Fernando Fernán-Gómez, Rafael Azcona y tantos otros de los que cada vez van quedando menos; hombres que siempre han tenido mucho que contar y a los que podría uno estar escuchando durante horas. Mañana en la entrevista que le hará David González y a la que tendré la suerte de poder asistir tendré la ocasión de comprobarlo.
lunes, 16 de junio de 2008
Mudanza

Hasta ese momento todas las decisiones que en otras circunstancias le hubiesen correspondido a Tomás, habían sido tomadas por eso que algunos llaman el sentido común en estrecha colaboración con su suegra. Él se había limitado a seguir el desarrollo de los acontecimientos resignado y en silencio. Sin embargo, llega un momento en el que todos debemos trazar una línea que delimite nuestra dignidad. Tomás la trazó en el departamento de televisores de una tienda de la cadena Expert, mientras contemplaba un Philips de 28 pulgadas con pantalla de plasma marcado con un precio de 1.890 euros.
- Con tu sueldo no os lo podéis permitir - aseguró su suegra con suficiencia.
- Entonces esperaremos hasta que podamos - replicó él sin apartar la vista del aparato.
Durante los dos años siguientes la vida de Tomás tuvo dos bandas sonoras: por un lado el estruendo de las imprentas y por otro los lloros, gritos y reproches que escuchaba cuando llegaba a casa. Nunca consiguió acostumbrarse a ninguna de las dos, como tampoco fué capaz de apreciar el atrezzo formado por resmas de papel, garrafas de tinta, pañales manchados, papillas grumosas y biberones calientes. Disfrutó de algunos momentos de alivio como los quince días que pasaban todos los veranos en un pequeño apartamento alquilado en Torrevieja, o unas cuantas sesiones dedicadas a la práctica del sexo; pocas por si las moscas y, por supuesto, ninguna desenfrenada.
Por una cuestión de principios, Tomás se negó a pasar ni un solo minuto frente al viejo televisor de 14 pulgadas regalo de sus suegros. Desde que Pepa lo instaló en el salón, aquel aparato se convirtió en un símbolo de la intromisión de su familia política y en un desafío para su integridad. Ayudado por su colección de cds de pop de los años sesenta y por un pequeño aparato de radio que tenía en su mesilla de noche creyó descubrir que el carácter de las personas es mucho mas moldeable de lo que cree la mayoría. Él moldeó el suyo o se hizo la ilusión de que lo moldeaba a lo largo de casi dos años.
Un jueves, a principios de Octubre, mientras revisaba el saldo de su cuenta en un cajero automático, Tomás se dio cuenta de que ya disponía del dinero suficiente para comprar el televisor de plasma. Fué entonces cuando tuvo la premonición de que algo iba a cambiar. Se quedó un par de minutos de pie, ensimismado, hasta que se le durmió la pierna derecha y volvió en sí.
El Sábado por la mañana Tomás salió de casa en cuanto terminó de desyunar. Le dijo a Pepa que iba a dar un paseo y caminó varias manzana hasta la tienda Expert. En la sección de televisores, un vendedor le detalló las características de los diferentes modelos antes de que Tomás se decidiese por un JVC de 28 pulgadas de color plateado que encajaba en su presupuesto. Mientras esperaba a que el vendedor regresase del almacén, se fijó en un niño de unos ocho años bastante feo que caminaba agarrado de la mano de una mujer madura y poco agraciada. De repente la mujer, en un arrebato de amor materno, levantó en brazos al crío y le acarició tiernamente la cara mientras le decía lo guapo que era. Aquello sorprendió a Tomás, pero lo que verdaderamente le desconcertó fue que la mujer parecía sincera. Llegó a la conclusión de que no existen las verdades incuestionables y tomó nota mentalmente por si aquél descubrimiento pudiera servirle de algo en el futuro.
Esa misma noche Tomás empezó a disfrutar de su anhelada adquisición y lo hizo a conciencia. Todos los días al llegar del trabajo, se sentaba frente al televisor, empuñaba el mando a distancia y recorría todos los canales persiguiendo películas o eventos deportivos que pudiesen interesarle.
Pocos días después Tomás se levantó de la cama y se sintió equilibrado. Era un sensación completamente nueva y no le resultó agradable; prefería sentirse mas decantado, ya fuese hacia la alegría, el cabreo o incluso el desánimo. Mientras se duchaba se le ocurrió que solo con películas y partidos de fútbol o baloncesto no amortizaba el precio del televisor. Empleó los días siguientes en estudiar a fondo el Teleprograma, pero se extravió en un laberinto de telediarios, concursos, debates y programas del corazón.
Tanto el desaliento como el desconcierto eran estados de ánimo desconocidos para Tomás y solo pudo encontrar algo de alivio en la protesta. Sentado frente al televisor en compañía de Pepa, empezó a despotricar noche tras noche contra la ínfima calidad de la programación televisiva.
- Si tanto te disgusta ¿por qué no lo apagas? - le dijo Pepa una noche, harta de tanta protesta.
- ¿Apagarlo? - contestó él sin apartar los ojos de la pantalla - ¿Con el dineral que me ha costado? Pienso tragarme toda la mierda que pongan.
Y eso fué lo que hizo.
Poco a poco la insatisfacción ganó terreno y cuando el insomnio hizo acto de presencia, el asunto se convirtió en un círculo vicioso. Por las noches, después de un buen rato dando vueltas en la cama, Tomás se levantaba, se sentaba frente al televisor y pasaba las horas entre telefilmes infumables y ofertas interminables de sierras eléctricas y edredones escandinavos.
Empezaron entonces los reproches de Pepa, cada vez mas frecuentes, el tono de voz mas alto. A Tomás, por el contrario, le llegaban cada vez mas lejanos hasta que terminaron por hacerse completamente inaudibles. Tres semanas después, Pepa y él hablaban idiomas distintos y vivían a kilómetros de distancia el uno del otro.
Ella no tardó en mudarse a casa de su madre. Se marchó un Martes por la mañana, sin avisar, con Paula en sus brazos. Esa misma tarde, antes de que Tomás volviese del trabajo, un camión de mudanzas se detuvo frente al portal de su casa. Se apearon dos hombres vestidos con monos azules y se llevaron varias maletas con ropa y los electrodomésticos de la familia Requena, algunos todavía sin terminar de pagar. Todos excepto uno: el televisor de plasma.
Esta vez la decisión corrió por cuenta de su suegra y probablemente ni siquiera necesitó consultarlo con el sentido común.
Tomás llegó a casa a las nueve y media. Entró por la puerta de la cocina y encontró vacíos los espacios que hasta entonces habían estado ocupados por el frigorífico, el lavavajillas, la lavadora y el horno microondas. Lo primero que pensó fué que les habían robado y con esa idea cruzó la cocina. Nada mas entrar en el salón descubrió el televisor y supo lo que había pasado. Miró fijamente al aparato y éste le devolvió la mirada. Fué una mirada neutra, sin reproches.
La primera noche que pasó solo en su casa, Tomás encargó una pizza para cenar y se la comió frente al televisor apagado. Se acostó temprano y desde su cama oyó el sonido lejano de un tren. Pese a llevar casi tres años viviendo allí, era la primera vez que lo escuchaba. Minutos después se quedó profundamente dormido.
A la mañana siguiente Tomás vio reflejada en el espejo del lavabo la imagen de un hombre al que no recordaba haber visto antes. Camino del trabajo se fijó con atención en el paisaje que le rodeaba. Los edificios, las tiendas cerradas, los buzones, las papeleras y las farolas eran los mismos de siempre. Nada había cambiado a su alrededor y sin embargo, se sintió bien ubicado, como una pieza de un puzzle perfectamente encajada. Al recordar su premonición meses atrás en el cajero automático, vio un círculo que se había cerrado. Sin dejar de caminar, intentó decidir que sería mas conveniente comprar: un reproductor de dvds o un nuevo frigorífico. Lo sometió a votación y salió un empate, pero no se preocupó. Tenía mucho tiempo por delante.
Era una mañan de invierno y ni siquiera había amanecido. A través de los cristales de la tienda Expert, Tomás observó a dos empleadas de la limpieza afanadas en su trabajo.
miércoles, 28 de mayo de 2008
Squeeze - East Side Story

Rápidamente la prensa musical inglesa extendió la alfombra roja a los pies de Chris Difford y Glenn Tilbrook líderes de Squeeze, para auparlos al trono de sucesores de Lennon y McCartney, aunque al contrario que el binomio de Liverpool en el que cada uno componía y cantaba sus propias canciones, en el caso de los londinenses Tilbrook se encargaba de la música y Difford de las letras.
East Side Story, cuarto larga duración de Squeeze, recibió las mejores críticas del grupo hasta la fecha y llegó a alcanzar el número 19 en las listas del Reino Unido pero no consiguió despegar comercialmente como se esperaba; el disco llegó a un discreto número 44 en los USA y se limitó a consolidar su fiel base de fans. Finalmente las luces se apagaron, dejaron de resonar los ecos de las salvas victoriosas y lo que quedó, al fin y al cabo, fue lo que tenía que quedar: un álbum sencillamente genial, sin duda el mejor de una dilatada trayectoria que llega hasta 1998 año en que publicaron su último trabajo Domino, una obra maestra sin discusión.
En East Side Story el talento de Tilbrook alcanza cotas estratosféricas con catorce canciones que conservan la complejidad melódica marca de la casa sin perder el gancho y la inmediatez que se le supone a un género como el pop. Mención especial para la garra y las melodías redondas de Is That Love?, Someone Else's Heart e In Quintessence (ésta última con un conciso pero prodigioso solo de guitarra de Tilbrook), el tratamiento country de la estremecedora balada Labelled With Love, el latido soul de Tempted (tema cantado por Paul Carrack nuevo teclista del grupo que acababa de sustituir a Jools Holland), el ritmo irresistible de Picadily y la evocadora Woman's World.
Ahí tenéis una pequeña muestra del contenido de esta verdadera joya del pop.
Estreno - Uno de los dos no puede estar equivocado

miércoles, 14 de mayo de 2008
miércoles, 30 de abril de 2008
Demasiados Kilómetros
Rosa y yo siempre pasamos la nochebuena en casa de sus padres. Desde hace once años el veintitrés de Diciembre recorremos en coche ciento veinte kilómetros de autovía y otros sesenta de carretera secundaria mal pavimentada para celebrar la Navidad en compañía de mis suegros.
La línea discontinua desfila a través del parabrisas del viejo Mercedes mientras pienso en que Rosa siempre ha estado muy unida a sus padres y me doy cuenta de que, hasta hace bien poco, no me irritaba pensar en ello. Ella, claro, no se da cuenta. Está sentada en el asiento de al lado, enfrascada en la lectura de un catálogo de venta por correo. Viajamos en silencio, arrullados por el sonido de las ruedas deslizándose sobre el asfalto húmedo y el ronroneo quejumbroso del motor del Mercedes. Los asientos de cuero y el salpicadero de madera pulida son, casi 300.000 kilómetros después, el último vestigio de tiempos mejores.

Acabamos de tomar el desvío en la autovía cuando el motor empieza a emitir un sonido metálico como si los comensales de un banquete hiciesen chocar sus cubiertos. Rosa levanta la vista del catálogo y me mira con los ojos muy abiertos. Es la primera vez que nuestras miradas se cruzan desde que salimos de Madrid pero no dura mucho. Yo me encojo de hombros y ella vuelve a las fantásticas ofertas de panties de licra, faldas plisadas y ropa interior de encaje.
Unos cuantos kilómetros después el coche traquetea durante un instante antes de detenerse bruscamente. Rosa cierra definitvamente el catálogo y me mira con gesto reprobatorio; al parecer también tengo que cargar con la culpa de que no podamos comprar un coche nuevo. Entonces abre la boca, probablemente para dirigirme algún reproche, pero se lo piensa mejor y no dice nada. Aunque a mí, la verdad, ya no me ofenden sus miradas ni nada de lo que pueda decirme.
Sin cruzar ni una palabra, me apeo del coche y abro el capó. Lo que realmente quiero es estar solo así que me tomo mi tiempo para examinar el motor aún a sabiendas de que no sería capaz de encontrar la varilla del aceite. De pronto se me ocurre que quizá alguna fuerza milagrosa acuda en mi ayuda aportándome conocimientos de mecánica en un abrir y cerrar de ojos. Nunca se sabe pero, dadas las circunstancias, me vendría mucho mejor un poco de luz en cuestiones mas elevadas como las relaciones de pareja y la regeneración de los sentimientos. Saco el móvil del bolsillo y después de llamar al taller de un pueblo cercano, decido esperar a la grúa junto al capó abierto. Rosa ha sintonizado la radio y la voz del locutor me llega amortiguada desde el interior del coche mientras fumo un cigarrillo tras otro.
El conductor de la grúa no necesita ningún milagro para emitir el primer veredicto:
- No tiene buena pinta.
Nada que Rosa y yo no supiéramos.
Camino del taller, los tres apretujados en la estrecha cabina de la grúa, Rosa hace averiguaciones sobre los posibles medios de transporte para llegar a casa de sus padres. Cuando llegamos al taller y sin haber cruzado una sola palabra, hemos alcanzado un acuerdo.
Mientras la veo alejarse camino de la parada del autobús, siento un alivio profundo y decido premiarme con una cerveza en un bar cercano. Casi una hora después el mecánico ha conseguido resolver el problema, así que le pago y escucho el diagnóstico sentado al volante del Mercedes con el motor en marcha.
- Le he hecho un apaño que, de momento, le vale, pero no sé cuanto aguantará. Está en las últimas.
Cuando alcanzo la salida del pueblo he tenido tiempo más que suficiente para tomar una decisión y sentirme invadido por la resignación, la tristeza y una incertidumbre nada desagradable. Es una decisión tan firme como razonable pero, rumbo a Madrid, no puedo evitar seguir justificándome: "En estos casos lo mejor es no prolongra la agonía".